Realismo mágico: el puente entre lo visible y lo invisible. 2ª parte (Cristina Mª Ménendez Maldonado).

El realismo mágico o neorrealismo mágico como lo llaman en mis novelas, especialmente en Palabras de lluvia y El vendedor de abanicos, propone una manera de habitar la realidad poéticamente, reconociendo que existe un sentido invisible. De ese modo, la magia revela la realidad, algo que también percibo en otras artes como la pintura, el cine, la música, que me atraviesan literalmente, y me colocan en ese mundo intermedio en el que lo mágico es simbólico y real a la vez. Como dice el director de cine, Victor Erice, lo mágico nace de la mirada y habita lo invisible.

Escribo desde la convicción de que la realidad no se agota en lo visible. El realismo mágico, tal como lo practico, no huye del mundo: lo escucha con más atención, lo viste de poesía y lo abre a esa dimensión invisible. La magia acompaña y se respira, no se razona.

Así quise expresarlo en la cita que escribí para mi novela Palabras de lluvia:

Hay palabras que llegan despacio, gota a gota, en un asedio constante al corazón. Nunca fueron intrépidas, ni valientes. Palabras sencillas, cotidianas. Palabras de lluvia.

Cristina M.ª Menéndez Maldonado leyendo «Palabras de lluvia». Foto Gerson A. de Sousa.

En ella no quise demostrar, sino revelar; no definir, sino hacer sentir. Se percibe lo invisible a través de la lluvia, de las palabras en quechua, de las voces heredadas de ancestras, de la selva y sus misterios. Y todo se confabula para mostrar un mundo que habla en susurros, señales, atmósferas, amores cotidianos, y las palabras como lluvia que cae sobre los lectores, y crea una música especial, esa que late entre mundos… Y la lluvia, no paraba de hablar.

«… Las noches asturianas habían conseguido año tras año serenarla, y era precisamente en ese lugar, en un punto elevado de aquel valle, donde había recobrado sus lazos con la tierra y el cielo, donde volvió a reconocer los caminos. La Pachamama no era distinta de la que conocía, tampoco el río, aunque jamás viera delfines en Aller. El espíritu de todas las cosas permanecía intacto en aquellas montañas y sentía vivo el Kausay*, la energía vital, sagrada, que anima la naturaleza y que tantas veces mencionó la abuela. El cielo y la tierra, la lluvia, las estrellas, los animales y las plantas, todo tiene su aliento, todo es sagrado. En todos esos años había aprendido a respetar el pulso de la vida, sus procesos y cambios, pero nunca como en aquel momento había sentido una conexión igual. Cada minuto de su día a día le recordaba, en la sencillez de los quehaceres cotidianos, que todo, hasta lo más simple, es venerable…» (Fragmento de Palabras de Lluvia).

El vendedor de abanicos contiene a su vez historias que el batir del abanico despierta, como las trenzas cobrizas cual senderos recónditos e interminables, o los impacientes zapatos viejos que revelan las historias de los que fueron sus dueños, o las sirenas que inventaron el secreto lenguaje de los abanicos:

«… A veces esparcen sombras, murmullos, maldiciones. Otras alientos, despedidas, deseos. Así son los vientos, inconstantes, tornadizos. Ignoran que sus soplos dejan restos imborrables en las almas…

… Cuando todos duermen, no hay palabras, ni gestos, tampoco desaires o amoríos… Es el tiempo de los abanicos…
Los hay que planean bajo, en círculos, pues el peso de sus adornos y encajes no les permite elevarse ni tan siquiera a media altura. Disfrutan contemplando el reflejo de sus sombras, y acarician la tierra con su belleza. Incluso en sueños se saben pesados; presos de miriñaques y varillas. Renunciaron a la libertad, y viven un amor entre cadenas y desiertos.
Los más flexibles consiguen remontarse un poco más alto. Su alma es liviana y a menudo descienden para enredarse en oleajes y arena. Solo a veces alcanzan ese lugar intermedio, soñado, en el que se besan los mundos. En ese instante efímero entre el cielo y la tierra, son dichosos.
Los más ligeros consiguen tocar las estrellas. Su alma quedó prendida al otro lado del espejo, y ya jamás pisarán el suelo. Viajan en la eternidad de los vientos, y se alimentan de silencio, en un retorno infinito hacia sí mismos, que deja rastros de sombras, luces, a ratos desvelos.
Algunos jamás volaron, aunque conocen la tierra, el cielo, los astros, el silencio… Guiados por su propio latido se abandonan, dentro y fuera de sí mismos… Solo ellos conocen el nido donde se gestan los sueños». (Fragmento de El vendedor de abanicos).

La lluvia y el viento están presentes en ambas novelas, como elementos naturales que son atmósfera y recurso creativo, realismo mágico en sí mismos.

Solo diré en mi defensa que escribo así porque no sé mirar de otra manera. Porque hay realidades que solo se revelan cuando se extrae de ellas, cuidadosamente, esa esencia que es como una gota alquímica y que contiene todo un mundo; cuando se las deja ser lluvia, viento o susurro. Mis historias no buscan explicar lo mágico, sino habitarlo, respirarlo. Y si algo queda en quien lee —una música leve, una sensación que no se deja atrapar por las palabras— tal vez sea porque lo invisible, por un instante, ha encontrado su nido.

Créditos:
Imagen de portada: Lluvia y viento. Foto Gerson A. de Sousa.

Lectura recomendada: Palabras de lluvia y El vendedor de abanicos. Cristina M.ª Menéndez Maldonado. Narrativa ficción. Eirene Editorial.

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