Hace ya treinta años fui inmigrante en mi propia ciudad. Nacido en Madrid, de padres españoles, un buen día, con mis más preciadas pertenencias en el maletero de un coche, crucé la frontera que forma el río Manzanares hacia ese rincón del mundo que se llama Carabanchel, y que mira altivamente al resto de la gran urbe.
Hijo de una sevillana criada al otro lado de un río que separaba la noble ciudad de sus arrabales, en los que habitaban marineros, estibadores y piratas, llamado Triana, no me sentí fuera de lugar en mis primeros días de exilio.
Nadie me preguntó dónde nací o de qué país o región del mundo procedía. Nadie lo hizo por el color de mi piel: ni los que la tenían blanca como la nieve, ni los que la tenían negra como la noche; tampoco lo hacían aquellos con los más diversos tonos anaranjados, oscuros o amarillentos; ni los que hablaban con acentos tan diferentes al mío o los que usaban palabras y lenguas extrañas para mí.
Hace poco leí una entrevista realizada a un músico tejano afincado en Carabanchel que llegó aquí huyendo de una mala vida de drogas, problemas y hastío de todo. Curiosamente, fue en este barrio en el que encontró la convivencia en un espacio multirracial y donde, además, descubrió que seguían existiendo tiendas antiguas especializadas en productos concretos como mercerías, zapaterías e incluso librerías, sin tener que desplazarte a un centro comercial para adquirirlos. Se me hace extraño pensar que alguien recién llegado valore y se sorprenda de esa amalgama vecinal cuando en mi caso, al poco de llegar, ya veía normal compartir barra y botellines con Rosendo Mercado, una de las más ilustres figuras rockeras de Madrid, en un bar de los de toda la vida frente al campo de fútbol de La Mina.
Y si algo me he preguntado durante estos treinta años es: ¿qué tiene este barrio que es capaz de atraparte y hacer que te sientas que eres parte de sus gentes? ¿Acaso algún recién llegado ha debido pedir permiso para patear sus calles o para respirar el mismo aire que los que ya estaban aquí? ¿Qué vieron en él aquellos miles de campesinos, trabajadores y buscadores de un futuro mejor que poblaron sus casas y edificios? ¿Qué hizo decantarse a la nobleza encabezada por Eugenia de Montijo o María Cristina para elegirlo como lugar de veraneo o descanso?
Ahora que en este pedazo de mundo disfrutamos de la marca artística Distrito 11, me vienen a la mente que, con anterioridad, estas calles han sido testigos de cientos de rodajes cinematográficos, desde El verdugo de Berlanga hasta El bola, y fuente de inspiración para centenares de obras literarias que, como Manolito gafotas de Elvira Lindo o La novia gitana de Carmen Mola, transcurren o se inician aquí, en este barrio en el que paseamos, vivimos o compramos el pan.
¿Qué suerte de misteriosa atracción actuó sobre ese derroche de feminidad y bravura, llamada Emilia Pardo Bazán, para hacer que su protagonista, la marquesa viuda Asís Taboada, cruzase al otro lado del río en su novela Insolación para dar rienda suelta al tapado y encubierto deseo femenino? ¿Acaso fue el acto de pisar la otra orilla del Manzanares, para acudir a la romería de San Isidro, hecho suficiente para desbordar la pasión femenina de una mujer? A veces, creo ver el alma de Carabanchel personificada en la propia Emilia, riéndose a carcajadas de la reacción encolerizada de los grandes literatos de su época tildando de inmoral su obra.
Quizá no haya una explicación racional. Quizá lo más normal podría ser pensar que en las entrañas de Carabanchel habita un potente imán capaz de atraerte y dejarte pegado a sus calles, sus olores, sus gentes y, como decían los barbudos de la fábrica de cerveza, a su sabor a barrio: a mucho, mucho barrio.
Créditos:
Imagen de la portada: «La ermita de San Isidro el día de la fiesta» Francisco de Goya
Lectura recomendada: Al otro lado del río. Antología de relatos coordinada por Jorge Ruiz Morales: «Redes de orgullo». Javier Escudero. Narrativa ficción. Eirene Editorial.
Otros libros: La fuerza del lebeche, La fuerza de la posidonia.