El pasado octubre, falleció Jane Goodall a la edad de noventa y un años. Sin duda, una de las científicas más talentosas y una de las figuras más prominentes del mundo contemporáneo. Una mujer extraordinaria que a todo/a ecologista, ecofeminista o, simplemente, amante de la naturaleza y de los animales, no le debería resultar indiferente, ya que, si seguimos un poco de cerca su vida y su trabajo, comprobaremos que encarna nuestros valores más profundos y enraizados. Se merece, al menos que, en esta publicación le hagamos un pequeño y humilde homenaje.
Nació en Londres (1934). Sus padres fueron Mortimer Herbert Morris-Goodall, un hombre dedicado a los negocios, y Margaret Myfanwe Joseph, una novelista que escribía bajo el seudónimo Vanne Morris-Goodall. La anécdota más comentada de la infancia de Jane es la de su chimpancé de peluche, un regalo de su padre al que él mismo llamó Jubile, un muñeco por el que la niña Jane sentía un gran afecto y que fue, probablemente, el inicio de su amor e interés por los animales, especialmente por los chimpancés.
Según ella misma comentó en múltiples ocasiones: «Las amistades de mi madre se horrorizaban con este juguete, pensando que me asustaría y me causaría pesadillas». Sin embargo, hasta su muerte, el peluche permaneció en su casa del sur de Inglaterra.
Jane creció rodeada naturaleza, algo que desde muy pequeña le fascinó, del mismo modo que los animales. Años después, su interés por África terminó llevándola en 1957 a la granja de una amiga situada en las tierras altas de Kenia. Una vez allí, encontró trabajo como secretaria y, siguiendo la recomendación de su amiga, decidió ponerse en contacto telefónico con el paleontólogo y arqueólogo Louis Leakey para solicitar una entrevista en la que poder hablar sobre animales. Leakey estaba convencido de que el estudio de los grandes simios podía aportar claves fundamentales para comprender el comportamiento de los primeros homínidos. Buscaba a alguien que investigara a los chimpancés, pero no le reveló su propósito; en su lugar, ofreció a Goodall un puesto como su secretaria. Tras contar con la aprobación de su esposa, Mary Leakey, facilitó que Jane viajara a la Garganta de Olduvai, en la actual Tanzania.
Al año siguiente, en 1958, Goodall se trasladó a Londres para formarse en el estudio del comportamiento de los primates. Gracias a los fondos recaudados por Leakey, el 14 de julio de 1960 llegó a la Reserva de Caza de Gombe Stream, que más tarde se convertiría en parque nacional. Con ello se integró en el grupo de investigadoras impulsadas por Leakey que pasarían a ser conocidas como Las Trimates. Su madre la acompañó durante esta etapa inicial, ya que las autoridades coloniales exigían su presencia, en aquel momento, el territorio de Tanganica aún era un protectorado británico.
Tiempo después, tras sus impresionantes hallazgos, Goodall sería aceptada en la Universidad de Cambridge, donde cursó un doctorado en etología. Se convirtió así en la octava persona autorizada a realizar estudios de doctorado sin haber completado previamente una licenciatura universitaria.
Al no contar con una formación universitaria tradicional que condicionara su mirada, Goodall fue capaz de percibir aspectos del comportamiento animal que muchos científicos de su época habrían pasado por alto. En lugar de identificar a los chimpancés con números, les puso nombres y reconoció en cada uno rasgos de personalidad propios, una idea poco aceptada en el ámbito científico de entonces. A partir de sus observaciones, concluyó que no solo los seres humanos poseen individualidad, pensamiento racional y emociones como la alegría o la tristeza. También documentó comportamientos como abrazos, besos, palmadas en la espalda e incluso juegos similares a las cosquillas, gestos tradicionalmente considerados exclusivos de nuestra especie. Para Goodall, estas conductas reflejan la existencia de vínculos afectivos sólidos y relaciones de apoyo dentro de comunidades estables, capaces de mantenerse durante décadas. Todo ello apuntaba a que las semejanzas entre humanos y chimpancés no se limitan al ADN, sino que también se manifiestan en la vida emocional, social y familiar.
El trabajo de campo que desarrolló en Gombe Stream supuso un punto de inflexión para la primatología, ya que cuestionó dos ideas ampliamente aceptadas: que solo los humanos fabricaban y utilizaban herramientas y que los chimpancés seguían una dieta exclusivamente vegetariana. Goodall observó cómo algunos chimpancés introducían tallos de hierba en los termiteros para extraer insectos, repitiendo el gesto una y otra vez en una técnica sorprendentemente precisa. También comprobó que modificaban ramitas, eliminando hojas para hacerlas más eficaces, lo que demostraba una forma básica de manipulación intencionada de objetos.
Sin embargo, junto a estas conductas cooperativas y afectuosas, Goodall también documentó el lado más violento de los chimpancés. En Gombe fue testigo de cacerías organizadas de otros primates, como los monos colobos. Estas prácticas eran tan frecuentes que los chimpancés llegaban a acabar cada año con una parte significativa de la población de colobos del parque, un hallazgo que desafiaba profundamente la imagen previa de estos animales como pacíficos y herbívoros.
Aún más inquietantes resultaron las muestras de violencia dentro de los propios grupos de chimpancés: Goodall observó cómo algunas hembras dominantes atacaban y mataban a otras más jóvenes para conservar su posición jerárquica, llegando en ocasiones al canibalismo. La propia investigadora reconoció el impacto de este descubrimiento, al admitir que durante años había creído que los chimpancés eran, en general, más amables que los seres humanos, hasta que la evidencia reveló que también poseían un lado oscuro. Estos episodios culminaron en el conflicto conocido como la “Guerra de los chimpancés de Gombe”, que tuvo lugar entre 1974 y 1978 y que Goodall relató más tarde en sus memorias, comprobando como estos animales eran capaces de organizarse colectivamente para la actividad bélica. Sus observaciones transformaron de manera radical la comprensión científica del comportamiento chimpancé y pusieron de relieve profundas similitudes sociales con los humanos, aunque en su vertiente más sombría.
De este modo, las fascinantes aportaciones científicas que llevó a cabo a lo largo de su vida dieron al traste con muchas ideas universalmente aceptadas, por lo que Goodall llegó a ser mundialmente conocida. Pero no se trató, ni mucho menos, de una mujer de ciencia encerrada en su torre de marfil a la que solo interesa el conocimiento puro; muy al contrario, su compromiso por la paz, la conservación de la naturaleza, la biodiversidad, el bienestar animal y contra el Cambio Climático fue claro y patente concretándose en la realización de múltiples proyectos y en una activa participación en diversas organizaciones poniendo su prestigio científico al servicio de estas causas.
Gracias al trabajo de personas como ella, cuestiones como el animalismo y el rechazo a las macro granjas (no solo por el maltrato a los animales, sino también por sus consecuencias ambientales) están cada vez más enraizadas en nuestra sociedad, así como una conciencia cada vez más sólida sobre de las funestas consecuencias de crisis climática.
Jane nunca se sintió cohibida por el hecho de ser mujer, tal vez, en parte, por la suerte de haber tenido una madre escritora que desde muy pequeña le convenció de que, si se lo proponía, podría conseguir todo lo que quisiera. Y así, se abrió camino hasta alcanzar las cimas más altas en una profesión como la etología, en aquel momento copada por hombres. Seguramente tuvo que trabajar el doble o el triple para lograrlo, pero de lo que no hay ninguna duda es que fue un referente para muchas mujeres científicas y que abrió el camino para un sinnúmero de ellas. De hecho, hoy en día, esta disciplina científica es ejercida por una cantidad muy similar de mujeres y hombres.
Del mismo modo, Jane Goodall es un ejemplo claro de una persona que vivió de acuerdo con sus convicciones; de forma que acciones y pensamiento siempre fueron de la mano sin incurrir en contradicciones. Fue una convencida vegetariana y defendió este tipo de dieta por motivos éticos, ambientales y de salud. Según ella misma dijo:
«Miles de personas que dicen amar a los animales se sientan una o dos veces al día a disfrutar la carne de criaturas que han sido tratadas con muy poco respeto y gentileza solamente para crear más carne».
Mediante sus investigaciones sobre los chimpancés comprobó, con un asombro casi revolucionario, que no eran tan diferentes a los humanos, ya que se trataban de seres capaces de experimentar sentimientos y emociones, de poseer personalidad y comportamiento afectivo, de fabricar herramientas e incluso de cazar y hacer la guerra de forma organizada. Por lo que podemos concluir que no estamos tan apartados de la naturaleza ni somos tan ajenos a ella, pues, en definitiva, no somos tan diferentes de los animales.
Créditos:
Foto de portada: «Jane y Flint» de Hugo Van Lawick, National Geographic Society
Webgrafía:
Wikipedia
Revista Magis
Lecturas recomendadas: «Un mundo de cicatrices» y «Años 80». Ficción. Eirene Editorial.









