«Aldonza Lorenzo-Dulcinea del Toboso» por María Ana Sanz Huarte (Amelia Guibert Navaz).

Son muchas las obras y escritos que María Ana Sanz Huarte (1868-1936) realizó en defensa de la mujer. Siempre se rebeló contra la situación de sumisión y falta de reconocimiento de sus derechos incluidos hasta en el código legal.

No por ello dejo de reconocer la acción de muchos hombres por valorar, en su justa medida, a la mujer.

Y voy a centrarme en esa frase «… mucho debe la mujer a Cervantes».

Efectivamente por ello Cervantes tendrá un gran protagonismo en sus conferencias tanto en fiestas del libro, como en celebraciones en las escuelas de Magisterio y en otros centros. Importante será la conferencia impartida en la Fiesta del Libro de la Escuela de Magisterio de 1932 sobre las Novelas Ejemplares, donde destaca los perfiles de mujeres como: «La Española Inglesa», «La Ilustre Fregona» y «La Gitanilla».

Quizá su conferencia: «Siluetas femeninas en el Quijote», sea, por la variedad de perfiles femeninos, la valoración de diversas actitudes de la mujer, matizando con decoro hasta la maldad de la duquesa, sea su escrito más relevante.

Lo pronunció en las Escuelas de San Francisco clausurando un homenaje a Cervantes en su centenario y la volverá a pronunciar en el Ateneo de Navarra en 1934.

Archivo fotográfico familiar María Ana Sanz Huarte.

En estas conferencias con títulos parecidos señala distintos perfiles de mujeres. Y como final incluye el de Aldonza Lorenzo-Dulcinea del Toboso:

«El nombre es aquí toda una revelación. Aldonza Lorenzo, suena en los oídos como algo rajante, duro, fuerte, Dulcinea… Dulcinea del Toboso, nombre ‘músico, peregrino y significativo’ es como pulsación de arpa eólica, como aura suave de perfumado abril.

Es Aldonza la hembra garrida, membruda, y fuerte, de ancha cadera y acentuadas curvas, nuncio de ubérrima fecundidad; la morena varonil que comparte infatigable con el gañán y la moza la dura labor campesina; la Venus lugareña que desenvuelta y a la vez recatada, admite entre alegres carcajadas, los requiebros, y rechaza con energía con empellones cualquier desmán del mocerío que la desea.

No busquéis en su alma inquietudes ni en su cerebro espinas. Su vida se deslizará plácida, sin añoranzas ni deseos.

El amor no alterará jamás la regularidad de su pulso. Casará cuando la familia lo disponga, con el mozo que aporte más pies de viña o más robadas de tierra de pan llevar. Se reproducirá la raza trabajadora y fuerte de los Corchuelos, y al llegar el último día, sin ansias ni lucha interna, se entregará cristianamente a la muerte, con la impasible tranquilidad con que en su vida se entregó al trabajo.

De esta figura maciza y áspera, como bloque sin pulir, surge en la fantasía de Don Quijote la más espiritual encarnación, así como de la informe pira de toscos leños, emerge la llama ondulante y graciosa, que ilumina el espacio, purifica cuanto alcanza y asciende sutil al cielo.

Dulcinea, la de los rasgados ojos verde-esmeralda; le da sobrehumana hermosura, en quien se realizan los quiméricos atributos de belleza, que los poetas dan a sus damas. Milagro de amor, acabado modelo de perfección a quien rinde Don Quijote, honor y vida.

A ella se encomienda fervoroso desde la primera aventura que se ofrece a su arrojo temerario al velar sus armas el novel caballero, hasta el instante supremo, tristísimo en que vencido por el arrojo de la Blanca Luna con voz débil y congojosa, pero con entera voluntad, proclama a Dulcinea por la más hermosa mujer del mundo.

Las invocaciones más tiernas y regaladas, las más férvidas y arrogantes, las más dolientes y quejumbrosas, repite el eco por Dulcinea en la árida llanura de la Mancha, en las selvas y florestas de Sierra Morena, en el Palacio ducal y en la playa de Barcelona

Por ella acomete el Hidalgo las más increíbles hazañas, arrostra mil veces la muerte, desprecia las comodidades, sosiega sus arrebatos, busca gloria y prez.

Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella y en ella tengo vida y ser. Puede darse expresión más encendida, más apasionada, más sobrehumana de amor terrenal?

Y, no obstante, Don Quijote sabe que su amor no tiene sustantividad, que es una quimera, una ficción, sustentada en base de arcilla en la que a veces llega a creer.

El donoso cuento de fina gracia picaresca, que refiere Don Quijote de la viuda, hermosa y rica que se casa con el motilón, descubre bien a las claras su íntimo pensamiento, y en otra ocasión apremiado por la Duquesa responde evasivamente:

‘Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo’.

¿Más que necesidad hay de que exista, para que su nombre, inflamando el vehemente corazón del Caballero, haya escalado la inmortalidad?

La grandeza de Dulcinea es hechura y reflejo de la de su rendido creador. En ella adora Don Quijote su propia excelsitud, porque privilegio del genio es sublimar cuanto pasa a través de su alma.

De oro purísimo y primorosa labor de orfebre cubrió Don Quijote la tosca figura de Aldonza, transformándola en la sutil de Dulcinea.

Y he aquí nuevamente reproducida con la magia del genio, el eterno contraste de lo positivo y lo ideal, de la prosa y de la poesía, de la aspiración que vuela y la realidad que repta.

Aldonza, la que ahecha trigo; la que en faena suda, se broncea y tuesta al aire y al sol, la que rastrilla lino y carga costales, la que tira de la barra y habla a gritos por las bordas del corral; la que trasiega y suda la que ajetrea y trabaja…

Dulcinea, la que inserta perlas y borda para su amado empresas de oro y pedrería; la que trasciende a oriental perfume, la que habita suntuoso palacio, la que sueña tras el calado ajimez, la exquisita, la noble la bella…

¿Pero es que Dulcineas y Aldonzas han de ir en contrapuestas rutas sin encontrarse jamás?

Es acaso incompatible el brío y robustez de Aldonza, su útil laboriosidad, su sencillez sin artificio, su buen sentido práctico, con la exquisita distinción, seductora gracia y alta jerarquía psíquica de Dulcinea?.

Si no existiese este acabado tipo de mujer que encasta las dos estirpes, hay que crearlo, porque la complejidad del vivir moderno, y la participación de la mujer en todos los sectores de la actividad humana le están demandando el regio empuje de Aldonza Lorenzo, con la fina espiritualidad de Dulcinea del Toboso.

Señores, al remover de la estantería la obra cumbre de Cervantes, un poco arrinconada tras la profusa producción de la literatura contemporánea, salieron a luz (curiosas por asomarse a nuestro mundo), las deliciosas mujeres que creó su fantasía.

Devolvámoslas con veneración al lugar que las inmortalizó y del que acaso no debieran haber salido, pidiendo perdón al ‘Manco’ insigne por mi osadía, y, a ustedes señores, por haber abusado de su benévola atención.»

Créditos:
Imagen de la portada: Dulcinea (1957) en el Monumento a Cervantes, escultura de Coullaut-Valera en la plaza de España de Madrid. Fotografía de Luis García.

Lecturas recomendadas: María Ana Sanz Huarte (1868-1936). En primer término, mujer. Amelia Guibert Navaz. Narrativa no ficción. Eirene Editorial.

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